¿Es esto oración?

¿Es esto oración?

Un día me descubro vacío en la oración. Dedicando un tiempo rutinario, pero en el que no entablo un diálogo con Dios, ni repaso mi vida espiritual. Más bien dormito interiormente o reviso mis problemas de trabajo y personales.

Me pregunto entonces: ¿Es esto oración?

Me asusto pensando que llevo tiempo en esta apariencia de oración, de rodillas, ante la cruz, recogido tras rezar la hora que corresponde. Pero seco, callado, sin progresar.

Dos pensamientos me consuelan.

Importa lo que queda fuera

El primero es que importa, y mucho, lo que he dejado fuera de la oración. No estoy viendo en la tele programas que, como poco, no son edificantes, y que, casi siempre, nos venden valores despreciables. No estoy perdiendo el tiempo en navegar por internet curioseando cosas que no edifican, ni entregado a charlas intrascendentes, ni trabajando mi cuerpo en un gimnasio.

De manera muy humilde, en este rato de oración, he imitado a Abraham y a Moisés, que salieron de su tierra, y se adentraron en tierra vacía y yerma, para un encuentro con Dios que no era como pensaban. Que sólo se les anunció, pero no se les mostró. ¿Qué pensarían ellos mientras iban caminando?, ¿no pensarían en sus rebaños, sus provisiones, su familia y donde encontrarían agua y pastos?.

Debo procurar dejar más cosas aún fuera de la oración. Pues, aunque cierre la puerta de mi cuarto, en mi cabeza vuelvo una y otra vez la vista atrás. Pero estar aquí ya es un paso hacia Dios.

¿Como puedo dejar más cosas fuera?. La realidad práctica es que no puedo apartar de mi mente lo que hago durante el día. Así que la única manera es evitar situaciones que despiertan mi ansia de dinero, influencia o placeres. Llevar una vida más sencilla, que tenga como prioridad la oración y se aparte de aquello que se me queda pegado a la mente. No todo es oración, ese es un error, trabajar o comer con un amigo no es oración. Pero si centro mi vida en la oración, evitaré lo que no conviene a ella.

Estar mucho tiempo en la oración es la mejor forma de evitar estas distracciones. No hay mejor forma. Aumentar el tiempo de oración.

Importa la disponibilidad para Dios

El segundo es que no adelanto mucho hablando, quejándome, pidiendo. Esto debo hacerlo para mi progreso, pero adelanto más cuando callo y escucho. Miro y me dejo mirar. Digo a Dios a cada rato, que aquí estoy. Que es mi turno y aquí estoy. Que me inspire lo que quiera, y que yo aquí estoy.

Así que, sigo mi oración. Con dudas, perdido, distraido, dormitando. Pero persevero. No me rindo. Recuerdo lo que nos señala San Juan de la Cruz como senda para el monte de la perfección: nada, nada, nada. Quiero seguir este camino, porque sí tengo la certeza de que no lo hay mejor.

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