El Divorcio

Ocho y veinte. Un mensajito en el móvil al salir de Misa:

– Puedes venir a casa antes de ir a ver a tus padres.

– 😊 ❤  ?

– Es por una decisión que he tomado.

Los labios que me prometieron amor para siempre. Los que yo hacía reír y me animaban. Los que tantas veces besé. Esos, me dicen hoy que se acabó. Que no siente nada, que ya no soy nada, no significo nada, no aporto nada.

Las manitas pequeñas y preciosas, que tan bien cocinaban, siempre atareadas en tenerlo todo en orden, que me acariciaban la cara cariñosas, se encierran ahora en el castillo de un cruce de brazos. Cada una agazapada en el codo contrario.

Los ojos están igual que siempre: grandes, redondos y llenos de vida.

Mis tres hijas lo entienden y apoyan “nuestra” decisión.

Sin saberlo, esta noche pasada ha sido la última en que hemos dormido juntos. Ya no pasearemos de la mano, ni iremos de vacaciones juntos.

Ya en otro cuarto, de noche, me asaltan las dudas, los miedos.

Me visitan los celos, que no había conocido nunca. Pegajoso pensamiento, plomizo, pesado, que más te daña cuanto más lo tocas, pero que más lo buscas cuando más te daña. Me arranca la piel a cámara lenta y me corta el corazón con un serrucho oxidado. Entiendo la frase de una sola carne.

Es Dios, lo sé, el que poda mis planes y orgullos, cercena mis ilusiones.

Me agarro con ilusión a lo que me va quedando: vernos en la comida y en la cena. Su voz, aunque sea para discutir el reparto. Poder contarle mi día. La ilusión de ver su coche cuando llego a casa y sé que está. Dormir bajo el mismo techo, aunque sea en otra habitación. Que me siga haciendo la compra y la comida. Alguna llamada. Decirle «Te quiero», aunque no haya respuesta.

Odiarla y quererla, al mismo tiempo.

Si sólo fuera esto lo que me quedara del matrimonio, me lo quedaba. Me basta. Aunque ya es sólo una astilla, es tan bonita que me agarraría a ella y viviría como un náufrago.

No lo vi venir. Pensé que eran discusiones como las de siempre. Pensé que pasaría.

No duermo bien, no como bien. No puedo hablar con nadie de esto porque lloro. Pero me ocupo en los trámites para pasarlos cuanto antes.

No me quito el anillo. Sé bien el desierto en que me adentro. Sé bien que no tengo sólo que aceptarlo, sino que tengo que elegirlo. Me lo aclara un sacerdote: Ella se va, tú te quedas.

Se va y sobrevivo. Se van mis hijas también. Socializo algo más, pero ahí no hay consuelo, sino más y peor soledad. Creo estar sólo, pero es mentira. El rencor se ha quedado en el armario y desde allí me grita con fuerza. Acaba yéndose, pero deja la puerta abierta.

Y me adentro en mi soledad. Comienza mi travesía. Con más de 50 años, una nueva vida. Un nuevo Don Quijote al que el mundo no entiende. Aprenderé ahora, mejor que nunca, que Dios completará mis ansias mejor que una mujer. Gracias Dios mío, por elegirme. Pero ayúdame.

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