Querida Santa Maravillas de Jesús

¡Qué alegría recordarte hoy en la iglesia!

¡Que bien haberme acordado, al levantarme, de que en Madrid, hoy, te celebramos a tí! Hoy es tu Fiesta. San Dámaso debe esperar. Tiene que esperar un año y un día.

¡Que orgullo haber aprendido a leer la Epacta y qué estante de la sacristía guarda los libritos suplemento del leccionario y el misal! Tal vez sólo lo aprendí para hoy, para prepararte bien tu fiesta.

¡Qué suerte tener estas casullas blancas tan elegantes y adornadas. Qué bonita es ésta, adamascada, que preparo para el sacerdote! Con el galón dorado, trabajado y bordado, delante y detrás de la casulla.

¡Qué bien ir con tiempo a la iglesia! Llenar las velas de cera y que duren todas las misas del día, poner las velitas del lampadario, llevar la bandeja con todo a la credencia, retirar el cubre-mantel morado, y hacer pausadas genuflexiones ante el sagrario e inclinaciones ante el altar en el camino entre la sede y el ambón. Preparar el libro de peticiones.

¡Qué bonitos la Virgen María y San José, mirando a la cunita del niño Jesús, aún vacía en el belén!

¡Qué contento estoy cuando enciendo las 6 velas del altar y las 2 de la corona de adviento, me pongo el alba, enciendo las luces! Llega el sacerdote, todo listo, todo en orden. Se reviste. Suena el reloj, toco la campana. ¡Allá vamos!

¡Qué causalidad que hoy estrenamos nuevos LED en el altar! Y hacen brillar la casulla y el cáliz y la patena, como si estuviéramos en el cielo, desde el que nos ves.

¡Qué bien que me ayuden con las lecturas! Así somos más y servimos mejor a Dios.

Toco la campana en la consagración, ayudo en la comunión y en servir el altar.

Habremos realizado un servicio, como el del niño que pinta un dibujo a su padre: El dibujo no vale nada, pero el Padre se llena de ilusión.

Tras terminar recojo y preparo todo para la siguiente Misa. Organizo la entrega que ha llegado: cera líquida, formas de las Carmelitas de El Escorial (¡de donde tú saliste a tu primera fundación en El Cerro!). La sacristía, ordenada y limpia, está rebosante de todos los suministros: velas del sagrario, velas de comunión, formas grandes, formas de celiacos, carbón, incienso, mechas, piruletas para los niños, … todo. ¡Qué bien!

Vuelvo a casa bajo un cielo azul que Dios hoy adorna con nubes blancas y brillantes. Hay una luz suave, que hace que todo tenga gracia y paz. Que todo sea valioso, útil, agradable.

Estoy contento de que mi hija esté por unos días en casa, aunque mi familia esté rota y desterrada.

Feliz de toda la comida rica que tengo cada día, aunque es sencilla: ni carne ni pescado.

Feliz de tener un edredón tan abrigado, con el que duermo en el suelo.

Y sigo contento (aunque dormitando) cuando paso luego una hora en oración, de rodillas, en el suelo, ante la cruz. Sin mucho que decir, pero con mucho que esperar. Esta mañana he sido a la vez Marta y María. Y las dos estaban maravillosamente contentas. Sin quejas.

¡Que bien que no te pusieran, Santa Maravillas, una placa en nuestro congreso! Así yo la he podido robar y puedo ponérmela en el corazón para decir contigo a Jesús: Quiero vivir para amarte y agradarte, quiero todo cuanto Tú quieras y como Tú lo quieras.

¡Que ilusión pensar que nací mientras tú vivías! Que estuvimos juntos en Madrid algunos años.

Y vuelvo a la oración y me uno con todas las Carmelitas que hoy te recuerdan con devoción. Con todos los que tratamos de imitar tu fidelidad.

¡Que buena App la que han hecho para la liturgia de las horas!

¡Maravillas: Gracias por tu vida y por tu obra! Por defender y vivir el carisma del Carmelo, que nos descubre la alegría de la sencillez, de la austeridad, de la pobreza y de la aspereza. Gracias.

Aún resuena en mi cabeza el oficio de Lectura de hoy:

“Vi claramente no sé cómo, la fecundidad para atraer las almas a Dios de un alma que se santifica, y tan hondamente me conmovió todo esto, que con toda el alma me ofrecí al Señor, a pesar de mi pobreza, a todos los sufrimientos de cuerpo y de alma, con este fin. Me pareció entonces que ese ofrecimiento estaba bien, pero que lo importante únicamente era abandonarme a la divina voluntad, entera y completamente, para que hiciese en mí cuanto quisiera y aceptara del mismo modo el dolor que el gozo. Me pareció entender que no era lo que le agradaba lo que fuera el mayor sacrificio, sino el

cumplimiento exacto y amoroso de esa voluntad, en sus menores detalles. En esto entendí muchas cosas que no sé decir, y cómo quería fuese muy delicada en este cumplimiento, que me llevaría muy lejos en el sacrificio y en el amor.

( … )

“¡Qué tesoro me ha dado el Señor al darme esta vida del Carmelo! Todo está en ella dispuesto con tal sencillez, pero de tal modo, que con vivirla a fondo podría hacerlo

todo. ¿Cómo podremos vivir en la casa de la Virgen, agradar con ella al Señor, sin imitarla, como la santa Madre deseaba? Sentí cómo éste es el camino de la carmelita, a ejemplo de María, cómo tenemos que achicarnos, ser de veras pobres, sacrificadas, humildes,

nada. Sentí muy profundamente cómo Jesús nos da en su vida continuos ejemplos de sacrificios, de humillación, de empequeñecernos, y no lo entendemos; sentí su

misericordia y el celo de las almas por este camino, que aquí está la fuerza que, por su misericordia, puede tener nuestra vida. Que en esto, con su gracia, bien podría yo,

tan pobre absolutamente de todo, imitarle con más facilidad que otras criaturas. Me parecía también entender que muchas de estas luces no me las daba sólo para mí, sino para poder guiar a mis hermanas. Lo único que hago es, multitud de veces al día, decir al Señor que sólo

quiero vivir para amarle y agradarle, que quiero todo cuanto él quiera y como él lo quiera. Lo único que hago es, multitud de veces al día, decir al Señor que sólo quiero vivir para amarle y agradarle, que quiero todo cuanto él quiera y como él lo quiera.”

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