Los muros del Carmelo

Los muros del Carmelo se estrechan sobre nuestra alma.

En la primera Regla la distancia del desierto aislaba a los que querían encontrar a Dios en soledad, silencio, oración y austeridad. La amenaza del Islam devolvió a Europa a los cruzados retirados al monte Carmelo.

Eran tiempos en los que la frontera de occidente marcaba a un tiempo cultura, idioma y religión.

En el retorno de Santa Teresa, los muros del convento, el torno y las rejas, son los que hacen frontera en las comunidades de clausura que encuentran y viven ese espíritu eremita.

La Reforma, fraccionaba entonces el cristianismo, y con él a occidente.

Desde 1970, la forma de hacer activa y mitigada se ha infiltrado nuevamente en la orden del Carmelo. Sólo con mucho esfuerzo se mantiene alguna comunidad fiel a la reforma Teresiana.

Hoy, quienes damos valor a una forma de vida austera y penitente, estamos aislados como náufragos en un mar de incomprensión. Y todo este rechazo cierra y forma nuestro convento y nuestra celda, mientras, en nuestro destierro, esperamos quiera Dios reunirnos de entre las naciones.

El carisma carmelitano, sin ser el único, es necesario en la Iglesia. Ahora más que nunca: aporta un testimonio vivo frente al exceso reinante, la abundancia y la confianza en los medios y avances sociales y técnicos.

Al igual que el cristianismo no es una vivencia sólo íntima y personal, sino fuertemente comunitaria y expansiva. Es un error querer reducir el carisma de Teresa, el Carmelo, a una vivencia introspectiva. La vida exterior y comunitaria es inseparable y consustancial con lo que Teresa fundó, vivió y defendió.

Hoy ya no hay fronteras que engloben religión, lengua y nación. Sino que, como en un tablero de ajedrez, los colores están insertos unos entre otros. Nuestra tierra de misión puede ser el comedor de nuestra casa, o nuestra mesa de trabajo, donde convivimos creyentes y ateos.

¿Donde están ahora los muros del Carmelo?

Es signo de nuestros tiempos la anchura de nuestra libertad personal, desligada de ataduras sociales y legales anteriores. Debemos saber utilizar esta libertad en servicio de Dios y de la Iglesia, sin ataduras, estructuras o rutinas que nos condicionen.

La libertad mal entendida nos lleva a la comodidad y la relajación, pero la guiada por el Espíritu, nos alcanza muy altas metas.

Nuestra sociedad urbana, individualista e hiper-comunicada conforma un Carmelo moderno abierto a todo el que quiera habitarlo. Con maneras nuevas de vivir la santidad oculta y escondida. Con formas nuevas de hacer comunidad.

El muro de nuestro Carmelo, está hoy levantado por las piedras de la incomprensión, dentro y fuera de la Iglesia, y del rechazo a una forma de vida austera, considerada antigua y obsoleta.

Las rejas están forjadas por la indiferencia del mundo hacia Dios y lo que tiene que ver con Él. Muy pocos quieren entrar a este lugar donde puede más el silencio y el ejemplo que la predicación, la cual se disuelve en un mundo saturado de palabras, información y noticias.

El torno es el tornado giratorio de nuestro pulso vital, vertiginoso y mareante. El lugar entre el templo y el mundo, corriendo al mismo tiempo hacia el uno y hacia el otro. El intercambio de compartimentos donde nuestro esfuerzo nunca sabemos si llega, ni de donde nos viene la ayuda.

Nuestra rutina está rota, por la lluvia de palabras, ruidos e interrupciones. Para que haya lucha diaria entre comercio humano y divino. Tentada por la constante visita de noticias y diversiones mundanas.

Y en este combate, con algo siempre pendiente de hacer, ya es una buena victoria, encontrar nuestro descanso en la oración y el silencio. Apartando ese tiempo para que Dios obre en nuestra alma.

Nuestro claustro es nuestro cuarto, donde oramos a puerta cerrada.

Y nuestra celda interior, la arrastramos por el mundo como un cangrejo ermitaño. Llevándo a cuestas el deseo de recogernos en él en la primera ocasión.

Todo esto hace brillar en la oscuridad cualquier testimonio de entrega sincera, callada y generosa. Un brillo que no verá quien lo vive, pero que emite su luz hasta muy lejos.

¿Quién debe cruzar el muro del carmelo?

No basta curiosidad por esta forma de vida, ni siquiera fuerte atractivo por los fundadores o sus enseñanzas. Se debe ansiar su forma de vida, alegre pero crucificada. Sencilla y contemplativa. El Carmelo es exigente y nos requiere cuerpo y alma para habitarlo. No nos pide sólo nuestra intelectualidad.

Al mensaje de la llamada, le acompaña la presencia, al otro lado del yugo, de nuestro amo y pastor.

Al Carmelo están llamados los que quieren encerrarse en la pureza del interior, más que extenderse con predicaciones y eventos. Los que luchan, más que por otra cosa, por este encuentro:

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva
acaba ya si quieres,
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
 
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.
 
¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
 
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
¡cuán delicadamente me enamoras!

SAN JUAN DE LA CRUZ, LLAMA DE AMOR VIVA

2 comentarios en “Los muros del Carmelo

  1. Así es… el ” sálvese quien pueda” que decía aquel anciano carmelita descalzo al ver las innovaciones que se producían en su comunidad, es un grito silencioso que se deja oír allí donde un valiente soldado de Cristo quiere vivir plenamente su vocación a la santidad.
    El Señor está con nosotros. Con Él lo podemos todo

    1. En la hora intermedia de hoy, se lee en el primer salmo (118 Zain):

      (…)
      los insolentes me insultan sin parar,
      pero yo no me aparto de tus mandatos.

      (…)
      sentí indignación ante los malvados,
      que abandonan tu voluntad;
      (…)
      esto es lo que a mí me toca:
      guardar tus decretos.

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