La Oración: Roca y agua

La oración es la entrega de un tiempo a Dios. Lleno de diálogo y de alegría, o de silencio y de tristeza. Lleno de aceptación o de ordenada protesta. Salpicado de palabras de amor, o de miedo y desolación. Muchas veces, sencillamente de entrega vacía de palabras, de imágenes, de ideas o de sentimientos, sin esperar nada a cambio.

La oración es la obra más cercana a Dios. El orgullo penetra en ella con más dificultad que otras acciones del hombre: nadie nos la puede admirar, y nosotros mismos nos privamos de comprobar el resultado o de que nadie nos agradezca nada.

La oración es la más ambiciosa de nuestras aventuras. Abarcamos con ella el universo, la humanidad entera. Podemos pedir por la Iglesia militante y por la purgante, pidiendo la intercesión de la triunfante. La oración es cargar sobre nuestros hombros cualquier pena, tristeza o dolor del mundo, sabiendo que Cristo nos ayuda en la tarea.

La oración es la victoria de nuestra voluntad que, por un rato, sabe decir que no a un mundo, perfeccionado en distraernos de mil maneras.

La oración es mejor en la intimidad de nuestro cuarto, en la soledad de la noche, en una iglesia vacía, en una hora perdida.

Los llamados al Carmelo en el mundo, no tenemos un muro protector, que nos permita guardar una rutina constante de tiempos de oración. Hemos de luchar en campo abierto, arrancando al reloj, cada día, con esfuerzo, los ratos de oración. ¡Preciosa lucha la que hoy Dios quiere de nosotros!

Hemos de mudar los sillares de piedra que forman un Carmelo, por la madera flexible de un barco. Los cimientos de una rutina inmutable, por las olas de un mar que navegamos con días de calma y otros de tempestad.

Nuestra oración comienza cuando tenemos ansia de llegar a nuestro puerto y rezar, tras cumplir las tareas a que estamos obligados como tripulantes del barco de nuestro trabajo, familia y ciudad.

La oración carmelita huye de la multitud, de ser visto. Y tiene bien aprendido de San Juan de la Cruz:

12. Más quiere Dios de ti

el menor grado de pureza de conciencia

que cuantas obras puedes hacer.


13. Más quiere Dios de ti

el menor grado de pureza de conciencia

que todos esos servicios que le piensas hacer.


14. Más estima Dios en ti

el inclinarte a la sequedad y el padecer por su amor

que todas las consolaciones y visiones espirituales

y meditaciones que puedas tener.


15. Niega tus deseos

y hallarás lo que desea tu corazón;

¿qué sabes tú si tu apetito es según Dios?


SAN JUAN DE LA CRUZ, DICHOS DE LUZ Y AMOR

Este es mi desierto,

Este es mi monasterio,
Esta es mi celda,


Aquí es donde lucho y muero,
Y donde vivo de nuevo,
Donde decido y me entrego.


Contigo, siempre contigo,
Sordo, ciego y muy perdido,
Sigo tu voz y confío.

EN LA ORACIÓN

No es oración continua, llamar a todo oración, a cada pequeña tarea.


Sino tanto, tanto rezar, que el agua de este hondo pozo, anegue nuestro quehacer.