Soledad y silencio

La soledad y el silencio crean el ambiente íntimo para el encuentro con Dios.

Podemos servir a Dios en los hermanos. Pero debemos hablar con Él en el silencio.

¿Cómo vivió Jesús la soledad?.

De dos maneras distintas. La primera es orando en el desierto cuarenta días antes de la predicación, siendo tentado por el demonio. Orando en lugares solitarios, generalmente en lo más callado de la noche, en el huerto de los Olivos.

La otra es sintiendo la incomprensión hasta de los más cercanos a Él. Rodeado de gente que nunca llegó a entenderle bien. Esta soledad alcanza su mayor expresión en la cruz, donde se suma dolor físico y espiritual, el abandono de sus amigos y la burla de sus enemigos, la tristeza del fracaso y la tortura de la cruz. Humillación del cuerpo y soledad del alma.

En estas dos soledades nos encontramos con Él.

Respecto a la primera (soledad física), nuestra lucha es encontrarla. Recordemos lo que decía Santa Teresa: en ocasiones, nos pone el diablo deseos de cosas tan grandes, que damos esos deseos por buenos, sin hacer lo que tenemos más a mano. Está bien ansiar la soledad de un desierto, un monasterio o un retiro, pero que eso no nos quite hoy de estar una hora ante el sagrario o en nuestro cuarto rezando con la puerta cerrada.

Respecto a la segunda (soledad espiritual), nuestra lucha es aceptarla. Estamos rodeados de incomprensión. Por ser cristianos no nos entienden los incrédulos. Y por tener el espíritu asceta de carmelita, tampoco nos comprenden muchos cristianos.

Ninguna de las dos soledades debe alejarnos de nuestro deber de servicio al prójimo. Las dos nos ayudan a apoyarnos en Dios en todo lo que hacemos, confiando más en Él que en nuestras fuerzas (que también debemos poner en lo que hacemos).

La soledad nos hace humildes por reconocer la verdad de nuestra absoluta debilidad: que aunque tenemos que darlo todo, nada podemos solos.

La tentación de la soledad es la queja (de los otros, del mundo, de estos tiempos, de las circunstancias). La queja procede del orgullo de creernos mejores, cuando sólo somos distintos y complementarios.

Superada la queja encontramos el tesoro de la aceptación y el encuentro con Cristo en su soledad, donde parecía, que nadie había:

4. Aquesta me guiaba,
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba,
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

SAN JUAN DE LA CRUZ, NOCHE OSCURA.