El Carisma del Carmelo

El carisma como arma

El Carisma es el arma con que luchamos por el Reino de Dios. Todo el cuerpo y toda la mente se involucran en la lucha, pero nuestra mano solo puede manejar un arma.

El arma de los eremitas es la oración. Una oración que arde en las entrañas: nos quema con el deseo de un encuentro, y nos consume como una difícil espera. No es compatible con otras ocupaciones absorbentes (intelectuales o sociales, científicas o laborales), que llevan el caudal de nuestra vida lejos de la oración. Ni es compatible con un cuerpo tan regalado de cuidados que ignora que la renuncia del mundo nos acerca a Dios: nuestra oración sólo es auténtica si rezan al tiempo el cuerpo y la mente, el corazón y el alma. Debemos renunciar al tiempo que nos parece más necesario en otras tareas: el placer que nos procura una diversión o una lectura que nos parece importante o preparar algún evento. Tenemos que renunciar al reconocimiento de actividades más visibles y brillantes, a las seguridades físicas y a la comodidad de nuestros sentidos.

Por esto la oración requiere de pobreza, austeridad y soledad para acercarse a un Dios celoso de nuestro amor.

Es además la oración la mejor defensa contra el orgullo, la fama y el ansia de progreso mundano. Es orando donde mejor se alcanza la visión de amor de Dios hacia nosotros, que es independiente de nuestras habilidades mundanas.

Nuestro carisma es rezar toda la liturgia de las horas, dos horas de oración mental, asistir a misa cada día y quedarnos con ganas de más. Sabiendo que es probable que hoy no pueda hacerlo, pero quedándome con ganas de hacerlo mañana. Admitir que Dios me pida otra cosa en cualquier momento, para atender un enfermo, a un amigo o a un desconocido, porque Él manda sobre mí, pero sin tomarme la libertad de abandonar yo por mi cuenta el faro del que cuido, mi puesto de centinela. Nuestro carisma es preferir la oración en soledad a cualquier entretenimiento.

Claro que rezaré días sin entender ni sentir lo que digo. Igual que, a veces, vamos a trabajar sin ganas, sabiendo que tenemos que cumplir.

Claro que está el peligro del orgullo, claro que está el peligro de ver un fin en el cumplimiento, y de sentirnos justificados. Hay que luchar con ello. Pero este peligro no nos puede impedir transitar el camino que nos lleva a casa. 

Rumbo al carisma

El carisma es el puerto hacia el que señala nuestra brújula, el rumbo al que regresa una y otra vez nuestro timón. La estrella que nos guía.

¿Tenemos miedo de un camino difícil, de una regla exigente? Hacemos bien, pues nuestras fuerzas no bastan y acecha siempre la tormenta. Necesitaremos momentos de descanso: es la recreación de Teresa, es el refrigerio que recibe Elías bajo la retama.

Pero temamos más la tibieza, que acepta adormecida que todo se convierta en recreación. El arco se rompe si se tensa mucho, pero nunca funciona si la cuerda está floja. Podemos hacer escalas, pero no podemos perder el rumbo, bajar las velas, soltar el timón.

El carisma nos debe llamar a lo imposible, a lo inalcanzable, como hace el Evangelio. Es un error hacerlo fácil, a la medida de lo que podemos cumplir con facilidad. Dormirnos soñando que, siquiera un solo día, hemos cumplido nuestra obligación. Pues la verdad es la humildad de reconocer que no cumplimos bien, que sólo hay un Testigo Fiel.

El carisma debe adaptar su senda a los tiempos, … pero nunca puede cambiar el destino ni el rumbo principal: hacia Dios, hacia lo alto del monte de la perfección, hacia la unión con Dios en la oración.

El carisma requiere, antes que nada, el reconocimiento del destino, del bien de la oración que pasa obligadamente por la austeridad, la pobreza y la soledad, que requiere del ayuno y de la abstinencia. Con medida, como todo.

El ritmo al que uno camine es importante, pero puede ser muy diverso. La vida, los años y hasta los días tienen etapas. Ahora bien, quien no comparta este destino, quien tenga otro mapa distinto, no es eremita. Quien no salga de la oración con deseo de volver, quien solo piense en rebajar sus horas como rutina más cómoda, no es eremita.

Derecho y deber del carisma

El carisma es el derecho de los que se han encontrado con Cristo en el desierto y quieren seguirle por este camino. Y es un deber para con la Iglesia continuar con cuerpo y alma esta ruta, iniciada con el Evangelio y seguida por pocos en la historia.

La adaptación de nuestro carisma a los tiempos, requiere una premisa: priorizar su esencial carácter fundacional, que es su contribución a la Iglesia, frente a cualquier preferencia o conveniencia personal.

Y lo que más necesita ahora la Iglesia son testimonios de la preferencia de Dios a cualquier otra actividad, de la renuncia a un mundo cuya tecnología y entretenimiento son las nuevas deidades paganas. El eremita ocupa para este fin, un lugar privilegiado: anima a sus miembros a manifestar con frecuencia su abandono del mundo (para ir a Misa, para ir a orar, para buscar a Dios en la soledad) y atrae a los que lo presencian hacia ese misterioso silencio aparentemente inútil.

En los diálogos sobre el carisma, sobre la utilidad a la Iglesia, sobre la supervivencia de muchas órdenes antiguas, pesa en muchos el  haber vivido la retirada de los artículos más exigentes de sus constituciones y experimentar el laxo incumplimiento de los que quedan. Defienden así más sus derechos (vistiéndolos de deberes) y esquivan sus deberes reales.

El carisma es menos el derecho de convivencia y sosiego y más el deber del compromiso con la Iglesia y con el futuro: mantener transitable una ruta antigua y transitada por pocos, pero importante en el presente y en el futuro. 

El eremitismo no es hoy un lugar, un convento rodeado por un muro, sino una costumbre, una tendencia férrea, defendida como nuestro primer derecho y nuestro más importante deber: la búsqueda constante de espacios de silencio y soledad en los que la oración es más auténtica y poderosa, aunque más áspera y árida a nuestros ojos mundanos.

Todos los gremios construyen la ciudad de Dios, pero el arquero al arco y el marinero al barco.

El carisma imposible

El carisma imposible es el de Jesús de Nazaret, que, sencillamente, lo hacía todo bien. No podemos abarcar este carisma, no podemos iniciar el camino de la perfección en todas las direcciones: ser extremadamente pobre y extremadamente sabio, santificar cada instante del trabajo y entender cada palabra de las escrituras. La Iglesia se enriquece con sus carismas, y así exprime la fuerza y belleza que tiene la profundización en una de sus vetas.

El carisma imposible es el que pretende ser compatible con toda persona, con cualquier carácter y espiritualidad.

El carisma imposible es el que surge del compromiso de los que añoran un pasado que no han conocido y los que sienten que cualquier exigencia ya no es del presente. El que quiere renovarnos a todos por dentro, sin renovar nada por fuera. Exigir todo de nuestra interioridad sin imponer nada exteriormente.

El carisma imposible es el que no quiere dejar a nadie fuera. El que no tiene la valentía de tomar su camino, aunque lo sigan pocos. El que se preocupa por el número de seguidores en una red social.

El carisma imposible es el del consenso de todos, el que no duele nada, el que persigue una paz sólo humana, el que se obtiene desde la mayoría y no desde la sabiduría.

El carisma imposible es el que se cuestiona a sí mismo ante cualquier adversidad o duda. El que no persevera. El compromiso del mal menor, que no nos entusiasma.

El carisma imposible es el que se hace sólo espíritu, sólo intelecto, olvidándose de nuestro cuerpo.

El carisma imposible es el que habla de oración, estudia la oración, profundiza en la oración de nuestros santos, predica sobre oración, aconseja y defiende la oración … pero deja la oración para mañana.

El carisma imposible es el que se concibe a sí mismo como un botiquín de supervivencia o como una campaña publicitaria, cuando debe ser una entrega más intensa de nuestro caudal vital.

El carisma imposible es el que no es Cruz.

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